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6.3 - El salto al ruedo: qué viene después del salón

Todo lo aprendido en este curso —la posición, los engaños, los cuatro tiempos, el carretón, la preparación— apunta a un horizonte: el día en que un animal de verdad embista tu muleta. Ese día no pertenece a este curso, pertenece a la Escuela. Pero conviene que sepas cómo es el camino, para que lo mires sin miedo y sin prisa.

¿Cuándo está listo un alumno?

El paso del salón al ganado no lo decide el alumno: lo decide el maestro. Y no lo decide por antigüedad ni por entusiasmo, sino por criterios concretos que ha ido observando clase a clase:

  • Técnica asentada: los cuatro tiempos —citar, cargar la suerte, templar, rematar— salen completos y en orden, sin que haya que recordárselos.
  • Quietud fiable: los pies no se van solos delante del carretón, ni siquiera en las embestidas rápidas.
  • Obediencia y serenidad: el alumno escucha, ejecuta lo que se le pide y no se embala. En el ruedo, obedecer al maestro es literalmente una medida de seguridad.
  • Preparación física suficiente y un cuaderno de entrenamiento que demuestra constancia, no ráfagas.
  • Edad y madurez adecuadas, conforme a la normativa de las escuelas taurinas.

Si el maestro dice «todavía no», no es un suspenso: es un regalo. Significa que quiere entregarte al animal cuando el animal no pueda quitarte la afición de un susto.

Cómo son las primeras clases prácticas

Las primeras veces delante de ganado se hacen siempre en la Escuela, con el maestro al quite y todas las medidas de seguridad: se torean becerras o vacas de tienta pequeñas, en una placita o tentadero controlado, con burladeros cerca, capotes de apoyo alrededor y series muy cortas que el maestro va dictando en voz alta —«cita… carga… templa… ¡remata y quédate quieto!»—. Nadie torea solo, nadie improvisa y nadie alarga una tanda por su cuenta.

El tentadero es la otra gran aula: una ganadería prueba la bravura de sus vacas y las escuelas acuden invitadas. Allí el alumno ve torear a compañeros mayores y a profesionales, ayuda en lo que se le pide y, si el maestro lo autoriza, da sus primeros muletazos a un animal ya toreado. En el tentadero se aprende tanto mirando como toreando.

¿Sabías que…? en los tentaderos las vacas se prueban precisamente porque su bravura se hereda? Las madres bravas crían hijos bravos, y por eso una vaca que embiste con clase vale una fortuna para el ganadero. El alumno que torea en un tentadero está participando, sin saberlo, en la selección del toro del futuro.

La primera vez: qué se siente y cómo se gestiona

Todos los toreros cuentan lo mismo de su primera becerra: las piernas tiemblan, la boca se seca y el animal parece el doble de grande de lo que es. Es normal; es tu cuerpo haciendo su trabajo. Para gestionarlo:

  1. Respira con la pauta 4-4-6 que ya entrenaste en la lección anterior, en el burladero, antes de salir.
  2. Reduce el mundo a una consigna. No pienses en torear bien: piensa únicamente en la primera orden del maestro. El resto vendrá solo, porque lo has repetido mil veces en el salón.
  3. Acepta el miedo como compañero. El valor del torero no es no tener miedo: es que el miedo no le mueva los pies. Eso, exactamente eso, es lo que llevas meses entrenando delante del carretón.

El camino del alumno: escuela, becerradas, novilladas

Desde ahí, el camino clásico tiene sus etapas: clases prácticas y tentaderos con la Escuela; después las becerradas, festejos con becerros donde el alumno se viste por primera vez de luces ante el público; más tarde las novilladas sin picadores y, para quienes siguen creciendo, las novilladas con picadores, antesala de la alternativa. Cada etapa tiene su edad, su reglamento y sus años de trabajo. No es una escalera que haya que subir corriendo: es un oficio que se aprende peldaño a peldaño, y en cada peldaño el maestro sigue estando al quite.

El salón no se abandona jamás

Y aquí, el mensaje final del curso: el toreo de salón no es la etapa que dejas atrás; es la casa a la que siempre se vuelve. Las figuras del toreo, con veinte temporadas y cientos de corridas a sus espaldas, torean de salón cada mañana: en el hotel, en el patio de su finca, en el pasillo de una plaza. Ahí afinan el temple, corrigen vícios, preparan la faena soñada para el toro que aún no ha salido. Tu salón, tu carretón y tu cuaderno de entrenamiento no caducan cuando llegue el ganado: te acompañarán toda la vida torera. Lo que has aprendido en este curso no era el prólogo del toreo. Era el toreo.

El consejo del maestro: no tengas prisa por el animal; ten hambre de salón. He visto a muchos chavales quemarse por torear ganado antes de tiempo y a ninguno estropearse por llegar demasiado preparado. El día que yo te diga «mañana toreas», quiero que el susto se lo lleve la becerra.
Cuándo decide el maestro que un alumno está listo, cómo son las primeras clases con ganado y los tentaderos, y por qué el salón no se abandona jamás.
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