5.1 - Parar, templar, mandar: la revolución de Belmonte
Ya conoces el método de los cuatro tiempos y lo has aplicado con el capote y con la muleta. Ahora toca entender el porqué. Y el porqué del toreo moderno tiene nombre y apellido: Juan Belmonte. En esta lección vas a descubrir qué era torear antes de él, qué cambió para siempre, y por qué su lema —parar, templar y mandar— es exactamente lo que entrenas cada vez que haces toreo de salón.
El toreo antes de Belmonte: el toreo de movimiento
Hasta principios del siglo XX, la regla de oro del toreo era una sola: el torero se mueve, el toro no perdona. La escuela dominante —heredera de Pedro Romero, de Paquiro, de Guerrita— enseñaba que el diestro debía andarle al toro, quitarse de su terreno con ligereza, torear con las piernas. El pase era un trámite rápido: llegaba el toro, se le despachaba el viaje y el torero se recolocaba corriendo para el siguiente encuentro. Era un toreo vistoso, atlético, de facultades. Los cronistas lo llamaban el toreo de movimiento.
Aquella lógica tenía su razón de ser: se pensaba que quedarse quieto en el terreno del toro era, sencillamente, un suicidio. Los terrenos estaban repartidos como fronteras: el terreno del toro era del toro, y el del torero, del torero. Cruzar esa línea no se contemplaba.
Y llegó un hombre que no podía correr
Juan Belmonte García (Sevilla, 1892) era, en apariencia, todo lo contrario de un torero: cuerpo endeble, piernas débiles, mandíbula prominente. No podía competir en agilidad con nadie. Y precisamente por eso inventó otra cosa: si no podía irse del toro, tendría que quedarse. Belmonte se plantó en el terreno del toro, dejó los pies clavados en la arena y descubrió que la embestida se podía gobernar sin mover las piernas: con los brazos y con la cintura.
El resultado fue una revolución estética y técnica. Donde antes había carreras, ahora había quietud; donde había trámite, había emoción sostenida; donde el toro pasaba lejos, ahora pasaba rozando la faja. Se dijo de él que torearía así hasta que el primer toro lo matara. No lo mató ninguno: murió en 1962, en su finca, por su propia mano y a su propia hora. Y todo el toreo posterior —hasta hoy— es hijo de su hallazgo.
El lema, concepto a concepto
De aquella revolución quedó destilado un lema de tres palabras que resume todo el toreo clásico: parar, templar y mandar.
- Parar es la quietud: aguantar la llegada del toro sin mover los pies, sin echarse atrás, sin descomponer la figura. Parar no es rigidez, es serenidad. Es el primer acto de valor y la condición de todo lo demás: quien no para, no puede templar, porque sus piernas ya están decidiendo por él.
- Templar es acompasar la velocidad del engaño a la velocidad de la embestida, de modo que el toro va siempre alcanzando el capote o la muleta sin llegar a cogerlos jamás. Es el tercer tiempo de nuestro método, y le dedicaremos entera la próxima lección.
- Mandar es gobernar: decidir por dónde va el toro, hasta dónde llega su viaje y dónde termina. El que manda no acompaña la embestida: la conduce.
Fíjate en que el lema es una escalera: cada peldaño hace posible el siguiente. Y fíjate también en cómo encaja con el método de los cuatro tiempos que ya practicas: el cite provoca la embestida, cargar la suerte y el temple son la forma técnica de parar, templar y mandar, y el remate es la firma que cierra el mandato.
Por qué el salón entrena exactamente esto
Aquí está la clave de todo este curso: el toreo de salón es el laboratorio perfecto del lema belmontino. Sin animal delante, el único enemigo que te mueve los pies eres tú mismo: tus prisas, tu ansiedad, tu falta de concentración. En el salón aprendes a parar porque nada te obliga a huir, y por eso cada pase que des con los pies inquietos es un pase desperdiciado. Aprendes a templar porque puedes repetir el mismo muletazo cien veces a cámara lenta hasta que el brazo memoriza la suavidad. Y aprendes a mandar porque tú decides el trazo, la altura de la mano y el final del viaje imaginario.
Belmonte lo dijo con una frase que debería presidir todas las escuelas taurinas: «Se torea como se es». El salón es donde se construye ese «ser»: la quietud, la lentitud y la autoridad se fabrican aquí, pase a pase, mucho antes de ponerse delante de una becerra.
En la próxima lección bajamos al detalle de los dos conceptos que separan al que pega pases del que torea: el temple y el mando.
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