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5.1 - La tauromaquia como arte, cultura y patrimonio

El ruedo de practicas de la Escuela, junto al campo.
El ruedo de practicas de la Escuela, junto al campo.

La tauromaquia no es solo lo que ocurre en una tarde de toros. Es una corriente honda que ha alimentado durante siglos la pintura, la poesía, la música y la forma de vivir de muchos pueblos de España. En esta lección recorremos esa huella cultural y el reconocimiento que la fiesta ha recibido como patrimonio, sin perder de vista que se trata de una tradición viva y, a la vez, debatida.

Una fuente de inspiración para el arte

Pocas manifestaciones culturales han fecundado tanto a las artes como la tauromaquia. No hablamos de una afición marginal, sino de un motivo que ha atravesado los grandes nombres de la creación española y universal. El toro y su mundo han servido a los artistas para hablar de lo que de verdad importa: la vida, la muerte, el miedo, el valor y la belleza.

Francisco de Goya dedicó a la fiesta una de sus series de grabados más célebres, La Tauromaquia (1816), treinta y tres estampas en las que reconstruye la historia y las suertes del toreo con un dominio del claroscuro que todavía hoy asombra. Goya, aficionado y testigo de su tiempo, convirtió la plaza en materia de arte mayor.

Pablo Picasso regresó al toro una y otra vez a lo largo de toda su obra. La corrida fue uno de sus primeros recuerdos de infancia en Málaga, y el toro y el minotauro se volvieron símbolos centrales de su pintura. Esa fuerza animal late incluso en una obra tan grave como el Guernica. Picasso dibujó tauromaquias con unos pocos trazos limpios que capturan el movimiento del capote como nadie.

Federico García Lorca escribió en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías una de las elegías más hermosas de la lengua española. Aquel verso, «a las cinco de la tarde», repetido como un tambor fúnebre, eleva la muerte de un torero a categoría de tragedia universal. Lorca llegó a decir que la corrida era «la fiesta más culta que hay hoy en el mundo», por su carga de drama, ritmo y poesía.

¿Sabías que…? El pasodoble, ese género musical tan español, nació en buena parte ligado al toreo. Piezas como Suspiros de España, España cañí o El gato montés suenan en las plazas para acompañar la salida de las cuadrillas y los momentos de triunfo. La música de banda forma parte inseparable del rito y ha pasado a las fiestas populares de todo el país.

Patrimonio cultural reconocido

Más allá de la opinión de cada cual, la tauromaquia cuenta en España con un reconocimiento legal explícito como bien cultural. La Ley 18/2013, de 12 de noviembre, para la regulación de la Tauromaquia como patrimonio cultural, aprobada por las Cortes Generales, declara que la tauromaquia forma parte del patrimonio cultural común de todos los españoles y encarga a los poderes públicos garantizar su conservación y promover su enriquecimiento.

Esto significa que, en el marco jurídico vigente, la fiesta se considera un elemento de nuestra cultura comparable a otras tradiciones protegidas. El reconocimiento no obliga a nadie a disfrutarla, pero sí sitúa el debate en su justo término: hablamos de una expresión cultural con raíces históricas profundas, no de un mero espectáculo improvisado.

Una dimensión social y económica real

La tauromaquia es también una actividad que sostiene la vida de muchas personas y territorios. Alrededor de ella trabajan ganaderos, mayorales, vaqueros, banderilleros, picadores, mozos de espadas, sastres, areneros, veterinarios, músicos, empresarios y un sinfín de oficios. La fiesta genera empleo y mantiene saberes artesanos que de otro modo se habrían perdido.

  • Cultura viva: ferias, peñas, tertulias y escuelas taurinas mantienen una transmisión de conocimiento de generación en generación.
  • Economía rural: la cría del toro bravo fija población y actividad en comarcas del campo donde otras alternativas escasean.
  • Turismo y tradición: las ferias forman parte de la identidad festiva de innumerables pueblos y ciudades.

La dehesa: un paisaje que la fiesta protege

Hay un argumento que con frecuencia se ignora y que conviene conocer con honestidad: la cría del toro bravo está unida a la dehesa, uno de los ecosistemas más valiosos del sur de Europa. La dehesa es un bosque mediterráneo aclarado, de encinas y alcornoques, donde el ganado pasta en extensivo y conviven multitud de especies: aves rapaces, ciervos, jabalíes, conejos, flora silvestre.

El toro de lidia necesita esos grandes espacios abiertos para vivir, y su cría es hoy una de las razones económicas que mantienen viva la dehesa frente al abandono o la transformación del terreno. Donde hay ganadería brava, el paisaje se conserva. Así, la fiesta enlaza arte, cultura, economía y naturaleza en una misma raíz.

Comprender esta dimensión amplia nos permite acercarnos a la tauromaquia con respeto y con criterio, sabiendo que detrás de una tarde de toros hay siglos de creación artística, una ley que la reconoce como patrimonio y un modo de vida ligado a la tierra. Y conviene decirlo con serenidad: quien la entiende como cultura no necesita despreciar a quien opina distinto; el respeto mutuo también forma parte de esta tradición.

La huella de la tauromaquia en Goya, Picasso, Lorca y el pasodoble; su reconocimiento como patrimonio cultural (Ley 18/2013), su dimension social y economica y su vinculo con la dehesa.
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