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2.3 - La presentación del toro: edad, trapío y reconocimiento

No cualquier toro puede saltar al ruedo. Antes de la corrida, cada animal pasa una serie de controles que garantizan su edad, su presencia y el juego limpio, y protegen tanto al público como al propio toro. En esta lección verás cuáles son y por qué importan tanto.

La edad y el peso

El toro de lidia se torea normalmente entre los 4 y los 6 años. En las plazas de primera categoría es obligatorio que tenga al menos 4 años cumplidos: un toro más joven no tendría aún la fuerza, la cornamenta ni la sensatez necesarias para una corrida formal. Cuando el animal es más joven, de 3 a 4 años, hablamos de novillo, y se lidia en novilladas —no en corridas de toros—, que son además el escenario donde se fogueen los toreros que aún no han tomado la alternativa.

El peso varía según la categoría de la plaza. Suele oscilar entre los 450 y los 600 kilos aproximadamente: las plazas de primera exigen toros más hechos y de más kilos que las de segunda o tercera, y por eso el reglamento fija mínimos distintos. El peso no es un capricho: un toro debe estar en su punto, ni escaso de fuerza ni tan pesado que no pueda moverse con clase.

El trapío y la presentación

El trapío es el conjunto de rasgos que dan presencia al toro. En él entran el desarrollo de las astas —la cornamenta, es decir, el arma del animal—, la musculatura, la hechura general y la armonía del conjunto. Un toro «bien puesto de púas», con buena morrillo, romo de cara y equilibrado de cuerpo, tiene trapío; uno escaso o desigual, no. Decimos que un toro está bien presentado cuando su trapío es el adecuado para la categoría de la plaza en la que se lidia. La presentación es, por tanto, esa impresión de seriedad y respeto que el toro impone nada más pisar la arena, y es lo primero que el público juzga.

El reconocimiento veterinario

Antes de la corrida, un equipo de veterinarios reconoce a los toros —y a los toros de reserva— para comprobar que cumplen el reglamento. Este control es una de las mayores garantías de la fiesta y se centra en varios puntos:

  • La edad y el peso reglamentarios para esa plaza.
  • El estado de salud y la aptitud física para la lidia: que el toro no cojee, no esté enfermo ni presente defectos que lo invaliden.
  • La integridad de las astas, es decir, que la cornamenta no haya sido manipulada.

Este último punto es capital, porque combate una de las trampas más graves: el afeitado. Afeitar es rebajar o limar las puntas de los cuernos para acortar su alcance y mermar al toro, quitándole peligro de forma fraudulenta. Está prohibido y sancionado, y el reconocimiento veterinario —que puede incluir el análisis de las astas tras la lidia— trata precisamente de detectarlo. El afeitado no es solo un engaño al público: altera la forma en que el toro calcula las distancias, lo desorienta y falsea por completo la lidia.

El sorteo y los chiqueros

La mañana de la corrida se celebra el sorteo. Los toros ya reconocidos se emparejan por lotes —procurando equilibrar el juego de cada pareja— y se reparten al azar entre las cuadrillas, de modo que ningún torero pueda elegir los suyos. Es una garantía de limpieza: la suerte, y no el favoritismo, decide qué toro corresponde a cada matador.

Después del sorteo, cada toro es conducido a los chiqueros, unos pequeños corrales individuales situados junto al ruedo, donde espera a oscuras y en calma su turno de salida. Desde el chiquero, al abrirse la puerta de toriles, el toro sale disparado a la plaza en el momento que le corresponde. Todo este protocolo —reconocimiento, sorteo, chiqueros— existe para que la lidia sea un enfrentamiento justo y seguro, con las condiciones claras para todos.

¿Sabías que…? El afeitado de las astas —rebajarlas para mermar al toro— está prohibido y sancionado: no solo es una trampa contra el público, sino que altera la forma en que el toro calcula las distancias, y por eso el reconocimiento veterinario pone tanto empeño en detectarlo.

Los toros de reserva y el sobrero

Para que una corrida pueda celebrarse con garantías, no basta con los seis toros que van a lidiarse: la ganadería debe presentar además algunos toros de reserva, también reconocidos por los veterinarios. Si un toro se inutiliza —por una caída, una cojera o cualquier percance— o es devuelto a los corrales, sale en su lugar un sobrero, que es precisamente uno de esos toros de reserva ya aprobados. Es una forma de asegurar que el festejo se desarrolle siempre con animales que cumplen el reglamento.

Todo este conjunto de controles —edad, peso, trapío, reconocimiento veterinario, sorteo, chiqueros y reservas— configura un protocolo riguroso que se repite en cada corrida. No es burocracia: es la manera de garantizar que el toro llega a la plaza en las condiciones debidas, que ningún torero parte con ventaja y que el público asiste a un espectáculo limpio, serio y respetuoso con el animal. Conocer estas reglas te permitirá mirar la corrida con otros ojos y valorar todo el trabajo que hay antes de que se abra la puerta de toriles.

Qué requisitos cumple un toro antes de la lidia: edad, peso, trapío, el reconocimiento veterinario y el sorteo.
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