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Modulo 1 - Historia de la tauromaquia y la plaza de Cabra
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Modulo 2 - El toro de lidia
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Modulo 3 - El reglamento y los tercios de la lidia
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Modulo 4 - Terminologia, la plaza y los utiles
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Modulo 5 - Etica, valores y respeto al animal
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Modulo 6 - Primeros auxilios basicos
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Modulo 7 - La tauromaquia y la ley: marco legal y debate social
3.2 - El tercio de varas y el tercio de banderillas
Los dos primeros tercios preparan al toro para la suerte suprema. En el tercio de varas se mide su bravura y se modera su fuerza; en el de banderillas se le reaviva y se corrigen sus defectos. Entender estos dos tercios es comprender por qué el toro llega al último acto en las condiciones que lo hacen lidiable.
El tercio de varas: el caballo y la puya
Tras unos primeros lances de capote del matador —que sirven para saludar al toro y observar por dónde embiste—, suena el clarín y se abre el tercio de varas. Entran en el ruedo los picadores, montados sobre caballos protegidos, portando una larga vara rematada en una punta metálica llamada puya.
La suerte de varas consiste en citar al toro para que embista al caballo. Cuando el toro empuja, el picador clava la puya en el morrillo —la masa muscular del cuello y la cruz—, nunca en otra parte del cuerpo. Esta suerte cumple varias funciones de gran importancia:
- Medir la bravura: un toro bravo acude al caballo con alegría, empuja con los riñones y repite la acometida. La forma de tomar la vara es la prueba decisiva del carácter del animal.
- Templar y dosificar su fuerza: el castigo de la puya hace que el toro humille (baje la cabeza) y modere su pujanza, lo que después permitirá al matador torear con la muleta.
- Corregir el viaje de la embestida: al obligar al toro a empujar, se ahonda su tendencia a humillar y embestir por derecho.
El número de varas y la intensidad del castigo están reglados y dependen de las condiciones del toro: a un toro con poca fuerza se le pica menos. El presidente vigila que el picador no se exceda; un exceso de castigo es severamente reprobado por el público, porque deja al toro mermado e inservible para la faena.
El peto: protección del caballo
Desde 1928 es obligatorio en España el peto, una pesada protección acolchada que cubre el costado y el vientre del caballo. Su implantación supuso un cambio decisivo: antes de él, los caballos sufrían cornadas con frecuencia. Hoy el peto reduce enormemente el riesgo para el caballo, que además está adiestrado para soportar la embestida con quietud.
El tercio de banderillas: avivar y centrar
Concluido el tercio de varas, el presidente ordena el cambio y suena de nuevo el clarín para abrir el tercio de banderillas. Las banderillas son palos de unos 70 centímetros, adornados con papel rizado de colores y rematados en un arpón metálico que las fija al clavarse.
Se colocan por pares —dos a la vez, una en cada mano—, y lo habitual es clavar tres pares. Las clavan los banderilleros de la cuadrilla, aunque algunos matadores, especialmente diestros en esta suerte, las ponen ellos mismos, lo que suele arrancar grandes ovaciones.
El objetivo del tercio es doble. Por un lado, reanimar al toro tras el castigo del caballo, devolviéndole alegría y prontitud para la embestida. Por otro, corregir defectos: si un toro tiende a derrotar hacia un pitón, las banderillas pueden colocarse de modo que lo centren y lo dejen más noble y aplomado para la muleta.
Las formas de banderillear
Existen varias maneras de clavar los pares, y reconocerlas enriquece el disfrute:
- Al cuarteo: la forma más común. El banderillero describe un cuarto de círculo para salir del encuentro al tiempo que el toro llega, clavando en el momento de la reunión.
- Al quiebro: el banderillero cita de frente, quieto, y en el último instante quiebra el cuerpo para burlar la cornada y clavar. Es de gran emoción por la inmovilidad ante el toro.
- Al poder: de frente, esperando la acometida casi sin moverse, lo que exige enorme temple.
- De dentro afuera: partiendo desde las tablas hacia el centro del ruedo.
Un buen par de banderillas exige reunirse con el toro en la cara, clavar arriba, en lo alto del morrillo, y salir limpio del embroque. Cuando se hace bien, el público lo reconoce con una ovación, porque es una de las suertes más vistosas y arriesgadas de la lidia.
El sentido conjunto de los dos tercios
Conviene insistir en la idea central: varas y banderillas no son trámites, sino la preparación que hace posible y honesta la faena final. Un toro bien picado y bien banderilleado llega al último tercio con la fuerza justa, la cabeza en su sitio y la embestida centrada. De ahí que un aficionado experto juzgue la corrida desde el primer puyazo: lo que ocurre en estos dos tercios condiciona por completo lo que el matador podrá hacer después con la muleta.
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